Copos finos
como sirimiri
tamizan el aire, y
el agua improvisa
nerviosos arroyuelos
al borde de los caminos,
teñidos
por el barrillo que arrastran.
Los árboles
desnudos
asisten resignados
a la inclemencia,
mientras la silueta
de un caballo
se dibuja
abandonada en la pieza,
y briznas
de oscura hierba
asoman orgullosas
entre el hielo
que la noche ha sembrado.
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