Amenaza
el trueno a lo lejos,
el aire se vuelve frío,
quiere ser húmedo.
Las hojas
en las copas de los árboles
se agitan asustadas,
el ganado se recoge,
se agolpa.
Allá al fondo
el cielo es oscuro,
el bramido bronco retruena,
el graznido grave de un cuervo
tensa el aire.
Los árboles
de tronco fino se inclinan,
los más fuertes
cimbrean sus ramas.
Los pájaros,
los grillos, todos los animalillos
cesan su canto.
La tarde
quiere ser inhóspita,
y nadie va a impedírselo.
Un calor
repentino, como un sofoco,
da paso a las primeras gotas,
violentas como una avanzadilla.
El rugir
se torna chasquido,
latigazo,
y un ejército de agua
golpea la tierra.
Todos se refugian,
hombres, bestias, aves, insectos,
todos.
El cielo,
en su repentina demostración
de furia y poder,
nos asusta,
volviendo el aire
una gran telaraña mojada
en la que a todos enreda.
La lluvia va creando charcos
sobre los que insiste
lanzando con fuerza
sus gotas duras.
Toda la tierra
es un canto,
como un río hirviente
que se festejara a sí mismo.
El cielo
se rompe una y otra vez,
oímos cómo se rasga
en súbitos estallidos de luz,
la lluvia arrecia.
El valle se vuelve montaña,
la montaña no existe,
nada da abasto.
Los charcos
se desbordan, los caminos
se inundan.
El agua
golpea el agua
celebrando su victoria
en un incesante alboroto
que a todos calla.
Pero la tarde
no se ensaña.
El trueno
vuelve a sonar lejano,
el cielo
vuelve a mostrar alguna luz,
y una fina lluvia
se acuesta en los campos,
secos
de tantos días de sol.